Colombia, mi abuelo y yo: Un desnudo del país

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Colombia, mi abuelo y yo: Un desnudo del país«Mi abuelo se llamaba José. Para mostrarle mi cariño, yo le decía Papá Sesé o viejo.

Fue un hombre tierno y muy sabio. A veces también un poquito cascarrabias. Así son los abuelos. Pero él tenía algo especial: era muy curioso y un gran aventurero.»

De esa manera comienza una de las más increíbles aventuras sobre las particularidades, estilos de vidas y ecosistemas de Colombia, un libro escrito por Pilar Lozano para mostrar a los niños los rincones, lo ignorado y lo magnifico del país.

No estoy seguro de catalogarlo como un libro de geografía o crónica-cuento, sin embargo, puede que sea un popurrí, una mezcla de muchas voces diferentes depositadas en un solo lugar que al final se convergen en una sola intención; narrar el territorio.

Y al hablar de territorio, es necesario analizar las condiciones de cada rincón. Pilar Lozano, logra a través de Colombia, mi abuelo y yo, hacer una radiografía (puede que inconscientemente) del porqué la desigualdad y el desconocimiento de nosotros mismos como habitantes ha desfavorecido la creación de un tejido social solido donde todos nos reconozcamos con el fin de construir una mejor nación.

El país que se devela en el libro, no es el que por lo general se enseña en las aulas; regiones, ciudades capitales, pisos térmicos y comidas típicas. ¿Y el resto de cosas dónde quedan?

En mi etapa escolar jamás supe que, en los llanos orientales, antes de cruzar algunos ríos, los ganaderos deben matar una res y echársela a las pirañas, engañarlas con la sangre para que el resto del ganado pueda pasar al otro lado sin sufrir algún daño. Tampoco me hablaron del recorrido del cóndor, y mucho menos de que, al estar cerca del sol la condición del clima es helada.

A pesar de haber leído el libro, siento que todavía me queda mucho por conocer sobre Colombia; un país inmenso, casi un continente formado por distintos países dada su riqueza y diversidad.

Por otra parte, las ilustraciones de Olga Cuéllar invitan a imaginarse las escenas con mayor facilidad. Aunque la ilustradora maneja un trazo sencillo, logra plasmar en imágenes lo que el texto quiere explicar de una manera muy bien lograda. Pienso en Olga como alfarera, una de la antigua Grecia, encargada de hacer un ánfora; escucha las historias y las interpreta, con el propósito de trasmitir con mayor acierto el relato, darle vida a las palabras. Y claro, esta edición sin dicha alfarera sería un jarrón, bonito, bien hecho, sea cual sea la edad del lector.

Colombia se abre, invita a recórrela de esquina a esquina, de sendero a sendero, y de mar a océano para narrar las historias que tanto nos hacen falta a sus pobladores.

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