El sombrero en su laberinto

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El sombrero en su laberintoCon gran esfuerzo el presidente peruano, caracterizado por tener su cabeza cubierta por un gran sombrero, logró la confianza del Congreso hacia su gabinete, el cuarto en el corto tiempo que lleva en el gobierno. Sin embargo, sigue pendiendo como espada de Damocles la sombra de la vacancia que ya se ha llevado por delante a otros mandatarios. 

Es claro que la derecha peruana y la oligarquía que ha gobernado a su amaño no admite que el país esté orientado por un modesto maestro rural, para colmo de males medio indio y proveniente de un paraje perdido de la sierra. Obviamente en esta problemática pesan muchos factores políticos y económicos, principalmente la implementación de un modelo neoliberal extractivista que ha dejado en la pobreza a la mayoría de la población. 

Perú es uno de los países con gobierno presidencialista que ha introducido en su constitución una dosis fuerte de parlamentarismo y en esta nota queremos ver algunos de esos elementos que tienen al país inca en un laberinto político.

El primero es el papel de los ministros, que si bien siguen siendo nombrados por el presidente, forman un verdadero consejo de ministros y no son meros secretarios de alto nivel como sucede en el régimen presidencial puro, tienen voto en ese consejo. Hay un jefe de gabinete no es propiamente un primer ministro, pero sí se le parece pues viene a ser como un primus inter pares o primero entre iguales que juega el papel de enlace entre el presidente y sus ministros y desde luego con el legislativo. El presidente es jefe de estado y de gobierno, pero debe presentar al congreso al comienzo de su mandato la exposición general de la política de su gobierno y pedir la cuestión de confianza para su gabinete. 

El congreso tiene dos armas importantes frente al ejecutivo, que son la censura y la cuestión de confianza. La censura puede aplicarse individualmente o al conjunto de los ministros y la cuestión de confianza se plantea frente a todo el gabinete.  Si el legislativo censura a todos los ministros o le niega la confianza que pide el jefe de gabinete, si éste es censurado, renuncia o es removido por el presidente, hay crisis total del gabinete.

Estas facultades acercan la forma de gobierno bastante a la parlamentaria, máxime si tenemos en cuenta que como contracara el presidente puede disolver el congreso cuando éste le ha censurado o negado la confianza a dos consejos de ministros. En el decreto de disolución se deben convocar a nuevas elecciones parlamentarias que se realizarán dentro de los cuatro meses siguientes. Si no se efectúan en ese lapso, el congreso disuelto recupera sus facultades, vuelve a reunirse de pleno derecho y destituye al consejo de ministros.

El presidente Castillo no ha hecho uso de esa atribución, tal vez para no agravar más la crisis y para tratar de concentrarse en sacar adelante su programa en beneficio de las mayorías populares. También porque ha debido hacer concesiones y sacrificado fichas importantes, lo que le ha traído problemas con algunos de los partidos que lo apoyaron en las elecciones. 

Aún está a tiempo de movilizar a las organizaciones populares y a las bases que lo llevaron al gobierno porque los enemigos siguen respirándole en la nuca y tramitando el procedimiento de vacancia que es relativamente sencillo de cumplir. En efecto, una de las causas para declarar la vacancia presidencial es sumamente vaga y no tiene una definición precisa pues simplemente se establece en la constitución que una de las causales para ello es la “permanente incapacidad moral o física” y para los feroces opositores encabezados por Keiko Fujimori, que sí sabe lo que es la “incapacidad moral” por las gravísimas acusaciones de corrupción que la acosan, cualquier cosa que haga, diga o deje de hacer el profesor es muestra de incapacidad moral.  

El destacado escritor Álvarez Gardeazábal dice que al hombre del sombrero le quedó grande el Perú pero creo que la cosa no es tan sencilla porque en realidad enfrenta un reto enorme y los poderes tradicionales están haciendo todo lo posible no solo para impedirle gobernar sino para sacarlo, si cabe la expresión, “a sombrerazo”. No es cuestión de una sola persona sino en enfrentamiento entre dos visiones de país, ciertamente enmarcadas en un cuadro de crisis de los partidos y del modelo económico. Sería de esperar, si no colaboración y apoyo de los partidos tradicionales hacia el nuevo ejecutivo, una actitud leal y un respeto a la voluntad popular.

Esperamos que por fin dejen gobernar al sombrero y al hombre del pueblo que hay detrás y que representa ese Perú posible y profundo que busca una mejora de las difíciles circunstancias por las que atraviesa.

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