Paz, cumplimiento y democracia

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Los asesinatos no cesan, no saben de esperanza, no cavilan en sueños e ideales, pasan por encima de una parte de la sociedad que clama para que no corra más sangre, que ruega por el respeto a la vida y eso fue lo que buscó el proceso de paz, el respeto por la vida. Detrás de cada excombatiente hay una historia de lucha, la mayoría son campesinos que desde temprana edad debían trabajar para ayudar a sus familias, que tuvieron que crecen en un ambiente hostil carente de oportunidades; en esa Colombia profunda donde no llegan las escuelas, ni los centros de salud, ni las carreteras. Son guerreros que le apostaron a rediseñar el país desde las ideas no solo políticas, sino también laborales y creyeron que con la firma de un acuerdo que principalmente favorecería a esas zonas rurales que nadie mejor que ellos conocen, se abriría paso a una preminente calidad de vida para los campesinos y a visibilizar su lucha. Los hemos visto fabricando zapatos, ropa, artesanías, cerveza, estudiando, graduándose de bachilleres, de técnicos, buscando ese lugar en la sociedad que les permita realizarse como personas, construir un hogar, demostrando tenacidad y compromiso.

¿Cuándo entenderemos que la única forma de cambiar la sociedad, de brindarles un mejor lugar a nuestros hijos es transformando el pensamiento violento que nos enferma y no nos permite evolucionar?, hacemos el mismo mal pidiendo guerra que empuñando un arma. La indiferencia ante la trampa, el mal manejo de la información, las jugaditas cada vez más comunes y menos inteligentes también perpetúa el conflicto. No podemos apoyar una “paz con legalidad” que acelera el conteo de muertes, torturas y masacres. ¿Acaso lo que todos queremos no es algo de tranquilidad, el bienestar común, parar con las noticias que anuncian homicidios de “héroes en defensa de la patria” y bajas en combate?

Empezamos el año con la noticia del asesinato de Yolanda Zabala Mazo de 22 años de edad y de su hermana Reina Zabala de 17; Yolanda pasó a ser un triste recuerdo, el número 250 de los traicionados exguerrilleros, la garantía mínima que todo acuerdo exige es la protección de la vida. Los que dicen que repudian el reclutamiento de menores nunca se pronuncian ante el destino de estos jóvenes, ni de los que son bombardeados por el ejército; su incoherencia es demencial y solo hay una explicación: lo único que les interesa es ser el palo en la rueda, detener los procesos que tanto esfuerzo, tiempo y vidas han costado, detener el surgimiento de una nueva sociedad que se respete y defienda la verdad y la vida.

La firma del acuerdo fue tan transparente que después de 4 años de negociaciones y el error de Santos al convocar a un plebiscito innecesario, —la paz es un derecho— después de ese famoso 2 de Octubre donde “triunfó” la trampa, los impulsadores de la campaña del “no” intervinieron en el documento final y se modificaron 82 de los 90 puntos ya acordados, esto en 3 meses de dialogo. Cabe aclarar que las Fuerzas Militares siempre estuvieron representadas por su abogado Manuel José Cepeda, un académico prestigioso y un representante estadounidense y participaron activamente en el diseño de la JEP (Jurisdicción Especial de Paz). Lo ilegal es que no se cumpla lo pactado ya que el tratado se firmó con el Estado, no con un Gobierno en particular. Al Presidente Iván Duque y al Centro Democrático solo les interesa imponerse tercamente sin oír razones, negándole importancia al enorme costo de la guerra y al sufrimiento de familias enteras que merecen una oportunidad, de un país cansado del terror perpetuado por las armas.

Los excombatientes merecen una oportunidad, han demostrado su valentía al enfrentarse a esa pequeña pero bulliciosa parte de la sociedad que los rechaza y que a gritos y descalificaciones han querido opacarlos y negar su compromiso; valentía al mantenerse firmes esquivando las balas que se van llevando a sus compañeros y familiares, que no dejan de amenazarlos.

Esos que prometieron hacer trizas la paz deberían analizar si se parecen a eso que tanto critican porque se ven desencajados y pierden la compostura, el control y los buenos modales al oír tres palabras que no aceptan en su léxico: paz, cumplimiento y democracia. La venganza nunca será el camino, no permitamos que se normalicen las muertes y que unos pocos nos arrebaten la esperanza.

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