Tercer aniversario de un magnicidio

Tercer aniversario de un magnicidio

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Telegram
Email

El 3 de enero de 2020 en Bgdad ocurrió la muerte de Qasem Soleimani junto con Abu Mahdi Al-Mohandis y un grupo de escoltas de ambos. El primero era el comandante de la Fuerza Al-Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán y el segundo jefe de las Fuerzas de Movilización Popular de Irán (Hashed al-Shaabi)irakíes. El asesinato fue ordenado directamente por el presidente estadounidense del momento, Donald Trump, y desarrollado por Michael D’Andrea, destacado oficial de la CÍA. Al cumplirse tres años de este acontecimiento presentamos parte del escrito que hice a los pocos días del suceso bajo uno de mis seudónimos en el que relataba todo el contexto de los hechos, titulado Luz de la resistencia y príncipe oscuro y se hacía un paralelo de la vida y muerte de los dos protagonistas.

Príncipe de las sombras

A diferencia de Soleimani, Michael D’Andrea creció en una familia acomodada y en ambientes cercanos al poder en Norteamérica. Su nacimiento en el Estado de Virginia, en las vecindades mismas del cuartel general de la CIA en Langley, parecía predestinarlo para el servicio secreto. Y así fue: en 1979 ingresó a la agencia, entrenándose en la base conocida como Camp Peary. Poco después lo vemos en el servicio activo en África. En Tanzania conoció a Faridah Currimjee, heredera de la gran fortuna de una familia de ancestros hindúes y de religión musulmana, confesión a la cual se convirtió para casarse con ella.

Sus acciones, o mejor, la penumbra y el misterio que las rodeaban, le valieron el apodo de El príncipe oscuro y la nueva fe que al parecer asumió lo hacían llamar en ocasiones El ayatola Mike. Posteriormente su especialidad de ataques con drones en los que no parecían importar los llamados eufemísticamente “daños colaterales”, esto es, víctimas adicionales a los blancos originales, le hicieron ganar otro mote, mucho más tenebroso: El enterrador.

Su aura inmediata era de una gran claridad física: blanco, rubio, alto y elegante. Pero a su alrededor se imponía el aire sombrío de los crímenes de su agencia y de sus propias ejecutorias en las sombras. A este sepulturero se le sitúa durante largos años en Egipto, para pasar a Irak y realizar operaciones secretas en Pakistán y Yemén.

Se dice que fue el cerebro de la operación en que se ejecutó en Damasco en 2008 a Imad Mugniyé, prominente jefe de la milicia libanesa Hezbolá, lo mismo que el hombre clave en la localización y supuesta eliminación en 2011 de Osama Bin Laden, el extraño personaje inicialmente aliado de los Estados Unidos y presunto autor intelectual del no muy claro atentado a las Torres Gemelas en 2001.

Posteriormente, los interrogatorios bajo tortura a sospechosos de terrorismo y los centenares de ataques con drones en Afganistán y Pakistán que produjeron numerosas víctimas civiles hicieron que el Senado lo citara a declaración y que el nombre que se había mantenido oculto, como es norma en la “compañía”, saliera a la luz pública.

Su asignación en los últimos años era la jefatura de las operaciones de desestabilización y sabotaje contra Irán, lo que lo mantenía en el ojo del huracán en la candente zona que va de Pakistán a Irak y Siria. Después de haber contribuido decisivamente a la caída del líder de Al-Qaeda se aficionó a la caza mayor y desde hacía varios años insistía en que debía darse muerte a Soleimani. Lo odiaba profundamente y se sentía en una rivalidad casi personal con él. Tenía que luchar constantemente con el pensamiento obsesionante de que su gente y muchas personas lo admiraban y que a diferencia de los agentes secretos como él que libran su lucha en el anonimato y que muchas veces ni siquiera en su muerte son reconocidos, recibía muestras públicas de reconocimiento.

De hecho, sin olvidar ni descuidar lo esencial de su tarea, se esforzó en que el alto mando aprobara, después de muchos años, su propuesta de despachar sin contemplaciones a Qasem y no podía creer cuando a mediados de 2019 se le dio luz verde al plan. Su cumplimiento a comienzos de 2020 era la realización de un sueño y ya podía pensar en un retiro tranquilo en las apacibles tierras de Virginia. Claro, no sería inmediato porque no era posible abandonar ya el servicio, menos cuando la repuesta había sido tan desconcertante y acontecimientos aún más inquietantes podían desatarse en cascada.

Su alegría por la muerte del odiado enemigo no desaparecía, pero se mezclaba con cierta decepción al verificar que aquél iba adquiriendo una figura casi mítica, con la aureola de mártir del Islam. Entendía que el verdadero devoto musulmán considera un honor hacerse mártir, morir en la yihad, pero que un “terrorista” fuera elevado a la categoría de mártir y no de uno más sino al nivel de los más altos, era algo que no podía aceptar.

“Okay, nada es definitivo, ya nuestros servicios de guerra sicológica y propaganda de masas se encargarán de cambiar esa imagen y demonizarla ante la opinión pública. Yo he cumplido mi parte y debo dejar de preocuparme por las implicaciones de la operación”, pensó mientras volaba el 27 de enero sobre las nevadas montañas de Gazni en Afganistán.

A la madrugada, hora mágica en que el mundo despierta a los avatares de un nuevo día, para liberarse de los pensamientos que seguían acosándolo, observaba fascinado los blancos parajes tratando de desentrañar qué había en el alma dormida del paisaje. Tranquilo en la comodidad del avión espía o comando volador, dejó de recordar al hombre y comenzó a soñar en borrar del mapa los cerros helados que estaban infestados de muyaidines contrarios al gobierno aliado, con el lanzamiento de una nueva madre de todas las bombas similar a la que fue arrojada hace algunos años desde otra aeronave made in Usa destruyendo una amplia zona en el mismo país. De repente la nave se fue abajo chocando violentamente con el suelo, dejando muertos a todos sus ocupantes y dejando para siempre en el secreto los últimos pensamientos de este rey de las tinieblas.

Que en una guerra la primera baja es la verdad vuelve a comprobarse al confrontar las versiones de las partes. Los talibanes que operan en el área atribuyen la caída al impacto de un misil disparado por ellos y dicen haber derribado también un helicóptero que casi inmediatamente acudía en misión de búsqueda de sobrevivientes y especialmente de documentos y equipos secretos que iban en el primer aparato. Agregan que entre los caídos estaban altos oficiales de la CIA, en tanto los voceros oficiales de los Estados Unidos dicen que fue un accidente y solo al cabo de unos días revelan que recuperaron los cadáveres de dos oficiales de la Fuerza Aérea, acción lograda gracias a que los insurgentes lo permitieron. Nada dicen sobre el príncipe y solamente fuentes vinculadas con los servicios secretos de Irán y de Rusia, que recogen la información que da el canal Veterans Today, hablan sobre el personaje y su trágico final.

Tal vez la rapidez con la que el gobierno iraní dio la noticia y el hecho de que el misil que posiblemente impactó el aparato no es del que habitualmente utilizan los talibanes sugiere que éstos no operaron solos. Aunque el mando persa normalmente reivindica sus actos, en el mundo subterráneo de la inteligencia y de la guerra, muchas cosas permanecen en el misterio y no se reconocen públicamente. Ya habían dicho que el ataque a las bases aéreas no fue la represalia completa sino apenas una bofetada. Además, aún no han respondido las milicias irakíes que perdieron su subcomandante ni el Hezbolá libanés, que también anunció que se reservaba su derecho a replicar por el homicidio de un hombre a quien consideraban más que aliado, hermano.

Lamentablemente, entonces ni Qasem ni Michael descansarán en paz, por ahora. Tampoco los pueblos amenazados por la mayor potencia militar de la historia. Quiera Alá, el dios cristiano y en general el espíritu de la humanidad que en un tiempo muy corto puedan hacerlo y que en lugar del derramamiento de sangre, se instale entre los países hasta ahora enfrentados el diálogo hacia la paz y la solución civilizada de los conflictos.

Emiaj Odaruj, Tora Bora, Afganistán, febrero de 2020

Heading Element

Las opiniones  realizadas por los columnistas  del portal www.laotravoz.co  no representan la identidad y línea editorial del medio.
Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.

La Otra Voz
Scroll al inicio